sábado, 31 de enero de 2015

¡Eh usted! ¡Respete esa rama, animal! de José Luis Sampedro.-

Las ráfagas de viento alpino estremecen de frío a los pobres árboles ciudadanos, con sus troncos ceñidos al pie por el hielo de los alcorques. El viejo imagina la sangre de sus
venas con las mismas angustias de la savia para seguir subiendo tronco arriba. Pero más le duelen los golpes que sacuden el jardín como paletadas de sepulturero; hachazos cuya torpeza acaba excitando su cólera labradora. ¡Qué desastrosa manera de podar! Se ha vuelto de espaldas para no verlo. Calla el hacha y el viejo procura pensar en otra cosa, pero lo que asalta su mente no
calma su irritación, sino al contrario. Renato no tiene arreglo; está domado. Tras su grito
de la otra noche ha vuelto bajo el yugo de Andrea. Parece incluso arrepentido: ayer llamó
ella por teléfono anunciando su retraso para cenar, a causa de una reunión académica
prolongada, y Renato asentía mansamente:
-Sí, yo le bañaré y le daré la cena... Sí, le acostaré; no te preocupes, amor...

Ella continuaba, prolija como siempre, y el viejo oyó a su hijo justificarse así:
-Perdona la brusquedad, vida mía, pero te dejo; el niño está en el baño.
«¡Pedir perdón por eso! -sigue reprochándole el viejo, cada vez que, como ahora, lo
recuerda-. ¡A esa mujer, que es la brusquedad en persona!»

Vuelven los hachazos, reinstalándole en el presente. De pronto un chasquido y, tras
brevísimo silencio, prolongada quejumbre de madera rota, desplome de ramaje cortado,
estrepitoso choque contra el pavimento. El viejo se vuelve sin poder contenerse y dispara
su mirada iracunda hacia la copa del árbol.

En lo alto de la escalera apoyada contra el tronco, un hombre con el chaquetón amarillo
de los jardineros municipales. Su hacha levantada amenaza ya otra rama. El viejo
estalla, su grito es una pedrada:
-¡Eh usted! ¡Respete esa rama, animal!
«Ahora baja y nos liamos», piensa.

El podador, un instante paralizado, inicia, en efecto, el descenso. «Ahora», se repite el
viejo, cerrando el puño y pensando cómo compensar su inferioridad combativa frente al
hacha. Pero cambia de actitud al acercársele el podador, un muchacho con sonrisa
embarazada y gesto amistoso.

-Lo hago mal, ¿verdad?
-¡Peor que mal, sí! Esa rama es justo la que debe quedar. ¿No ve que acaba de cortar
otra debajo, en la misma línea?... ¿Dónde aprendió el oficio?
-En ningún sitio.
-¡Maldita sea! ¿Y le permiten seguir matando árboles?
-Necesito comer.
-¡Búsquese otro trabajo!

En recuerdo al estupendo escritor, José Luis Sampedro y agradeciendo al programa radiofónico EL BOSQUE HABITADO de Radio 3, por su divulgación en EL AMOR a los árboles.

The World Green of Pablo Esparza ®

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