lunes, 27 de julio de 2015

Los Sentidos de las Plantas y su derecho a sobrevivir.-

Que un insecto se coma las hojas de una planta forma parte del orden natural de las cosas. Pero ese gesto tan trivial como aparentemente inocuo activa mecanismos que hasta hace poco eran desconocidos por completo. Para empezar, en cuanto esa flor o ese arbusto recibe el primer mordisco se pone a toda prisa a generar moléculas venenosas o a producir proteínas indigeribles para su agresor. A la vez, envía una señal de alarma a través de moléculas químicas volátiles para que sus congéneres conozcan el peligro y adopten las precauciones oportunas. Y en algunos casos, incluso, emite sustancias capaces de atraer a otros insectos de más tamaño para que hagan huir a su agresor o se lo coman.

EL DILEMA DE LOS VEGANOS
Prohibido comer raíces

99,5 de cada cien seres vivos que hay en la Tierra pertenecen al reino vegetal. La vida humana sería imposible sin su existencia. Las plantas, sin embargo, se las arreglarían sin nosotros.

10 años puede estar un árbol que crece en un bosque cerrado sin alcanzar la luz suficiente para hacer la fotosíntesis. Durante ese tiempo es 'alimentado' por sus congéneres por las raíces.

Las últimas investigaciones científicas sobre los vegetales empiezan a sacar a la luz un universo tan sorprendente como fascinante que pone en tela de juicio todos los conceptos acuñados hasta ahora. Para la cultura occidental, las plantas han sido siempre seres vivos carentes de sensibilidad e inteligencia. Es una definición que viene de la época de Aristóteles y que se ha mantenido casi sin cambios hasta nuestro tiempo. En la pirámide de los seres vivos que publicó en 1509 Charles de Bovelles los vegetales son y viven, pero nada más. Ni siquiera las reflexiones sobre su inteligencia de Charles Darwin y de su hijo Francis en 1908 alteraron demasiado ese concepto.

Son los descubrimientos científicos más recientes los que están minando los pilares sobre los que descansa nuestra concepción del mundo vegetal. El botánico y profesor de la Universidad de Florencia Stefano Mancuso se ha servido de algunos de ellos para dar forma a un libro que cuestiona todo lo que hasta ahora pensábamos sobre las plantas. La obra, titulada 'Sensibilidad e inteligencia en el mundo vegetal', perfila las bases de una nueva relación del hombre con estas criaturas a partir de una premisa: el reconocimiento de sus derechos, algo difícil de digerir.

«Si las plantas desaparecieran, a los humanos nos quedarían unos meses de vida»
¿Es la idea de un iluminado? Puede, pero de momento tiene el aval de la Comisión Ética Federal para las Biotecnologías No Humanas de Suiza, un organismo formado por filósofos, biólogos y naturalistas que asesora al Gobierno helvético y que estableció en 2008 que las plantas no pueden ser tratadas de modo arbitrario. En un dictamen que podría ser interpretado como el antecedente de una hipotética declaración de los derechos de los vegetales, la comisión sentenció que su destrucción indiscriminada «es moralmente injustificable».

Mancuso es consciente de que juzgar a las plantas con los códigos morales hasta ahora reservados a los humanos y a los animales rompe muchos esquemas. «Durante siglos, también los animales han sido vistos como máquinas sin razón. Solo de unas décadas a esta parte hemos empezado a conferirles derechos, dignidad y respeto: ya no son cosas. De resultas de este cambio de perspectiva, casi todos los países desarrollados han aprobado leyes destinadas a proteger y tutelar su dignidad».

El botánico italiano cree que la biología vive un tiempo muy parecido al de la etapa previa a la revolución copernicana, cuando se pensaba que la Tierra era el centro del universo. «Impera la idea de que el hombre es el ser vivo más importante que existe y que todo gira en torno a él cuando el reino vegetal representa el 99,5% de la biomasa del planeta». Y remacha esa evidencia con otra no menos concluyente: «Si mañana las plantas desapareciesen, la vida humana duraría unas pocas semanas, acaso unos meses. Si por el contrario fuésemos nosotros quienes desapareciésemos, las plantas volverían a apropiarse de todo el territorio que hemos arrebatado a la naturaleza y, en poco más de un siglo, todos los signos de nuestra civilización quedarían cubiertos de verde».

Música y palabras

Que las plantas son capaces de 'ver' la luz lo sabe cualquiera que se ocupe de ellas en casa. Lo que ya es más difícil de comprobar es que tienen también olfato, gusto, oído y tacto. Para nuestra decepción, el botánico asegura que hablarles o ponerles música es perder el tiempo: el único sonido que se ha demostrado que perciben es una frecuencia muy parecida a la del agua cuando corre. Pero su sentido más desarrollado tiene que ver con el olfato: «Las plantas utilizan los olores, o mejor dicho, unas moléculas de compuestos orgánicos volátiles, para recabar información sobre el entorno y para comunicarse entre ellas y con los insectos». Sería una suerte de lengua con un vocabulario formado por millones de compuestos químicos de la que todavía se conoce muy poco .

Las especies carnívoras son un buen ejemplo de la capacidad de adaptación del mundo vegetal. Explica Mancuso que se trata de plantas que vivían en áreas pantanosas donde escasea el nitrógeno y que para conseguirlo evolucionaron hasta convertirse en trampas capaces de cazar insectos, que son pequeños depósitos de ese nutriente. «Se conocen al menos seiscientas especies de carnívoras que disponen de gran variedad de artimañas para capturar distintos animales». Y cuando no los aprisionan directamente, recurren a técnicas como la secreción de sustancias tóxicas que hacen que el suelo se pueble de cadáveres de bichos en descomposición, que a su vez liberan el nitrógeno que el vegetal necesita.

El botánico italiano se vale de esos y otros muchos ejemplos para concluir que las plantas son inteligentes en la medida en que tienen capacidad de resolver problemas. Para ello se valen de los cinco sentidos que serían similares a los de los humanos con el refuerzo de otros quince más. Mancuso cita algunos: su capacidad de medir la humedad de un terreno, de detectar la gravedad y los campos electromagnéticos, de reconocer y medir las sustancias químicas presentes en el aire o la tierra... Además de adoptar decisiones, tienen vida social y cuidan de sus retoños: «Cuando una semilla de un árbol brota en un bosque cerrado pueden pasar entre diez y veinte años hasta que crece lo suficiente para alcanzar la luz del sol y así hacer la fotosíntesis. Durante todo ese tiempo se mantiene gracias a los cuidados que le proporcionan los árboles de su mismo clan a través de las raíces».

La comunidad científica observa con cierto recelo las referencias de Mancuso a la inteligencia vegetal. En el mundo de la filosofía, sin embargo, cuenta con adhesiones como la de Michael Marder, profesor estadounidense de la Universidad del País Vasco, que cree necesaria una nueva actitud de los seres humanos en su relación con el mundo vegetal: «Si se acumulan las evidencias científicas de que las plantas son sensibles e inteligentes, incluso tal vez más que los humanos, habría que transformar nuestra postura hacia ellas y caminar hacia una agricultura sostenible que erradique prácticas como los cultivos para biocombustibles». ¿Que pensarán esos miles de millones de maíces, sojas y girasoles con los días contados?

El reconocimiento de los derechos de las plantas no reduciría ni limitaría su uso, como ha ocurrido con los animales, pero sí abriría un dilema entre quienes, por ejemplo, se niegan a ingerir productos de origen animal alegando que causan daño a seres vivos. Hay religiones, como el jainismo, en India, que contemplan los vegetales como seres dotados de su propia alma y prohíben el consumo de sus raíces.

Escrito de Borja Olaizola en La Verdad

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