domingo, 26 de octubre de 2008

Picudo Rojo, todo sobre el nómada pérfido y maldito desagradecido de las Palmeras.

Viene del Sudeste Asiático. Debería tener los ojos rasgados y ser hermoso como un sol naciente. Pero no. Más bien parece una calabaza amorfa en miniatura. En unas cuantas semanas, se ha hecho más popular en Málaga que la familia Loring o el coso de La Malagueta. Es extranjero y la gente lo rechaza. No es crueldad, sino reacción ante la soberbia del huésped. Desde que llegó no ha parado de destrozar palmeras. Mata más árboles que un vendaval y un concejal de urbanismo. El picudo rojo es un visitante soez, casi un escándalo y un enemigo. Hay que conocerlo bien y no precisamente por la integración de culturas.

Quizá lo primero sea saber que no se hospeda en el Hilton. Le gustan los árboles, como a los hippies. Especialmente, las palmeras, pero no desde un punto de vista contemplativo. Según los expertos, el interior del árbol les aporta todo lo que necesitan para sobrevivir. Allí no les afecta ni el frío ni los cambios de temperatura. Cuando viajan de un continente a otro lo hacen como los caracoles. Se llevan la casa a cuestas. Aunque con la ayuda del hombre. La importación tiene la culpa. Sobre todo, por la falta de controles. Se compran plantas de otros países como si fueran discos de los Bee Gees. Así, llegaron a Egipto. La primera vez que se le vio en España fue en Almuñécar, hace quince años. Aquí, su incursión coincide con el Parque repleto de árboles y un proyecto llamado el Palmeral de las Sorpresas, incluido en la reforma del Puerto.

La capacidad de adaptación del insecto, familia de los coleópteros, primo feo de las mariposas, está más que contrastada. Han superado los rigores del desierto y la tibieza del Mediterráneo. Su afán reproductivo no le va a la zaga. Las hembras ponen entre trescientos y cuatrocientos huevos de una tacada y las generaciones conviven en armonía. A pesar de que la vida del adulto es menor que la de Sinatra, apenas entre 45 y 90 días, pueden llegar al millar en un una sola palmera. Los niños se hacen mayores en tres o cuatro meses y los ancianos son relevados en la tarea destructiva. Así seguirían toda la vida, si no fuera porque la casa se les cae literalmente encima. Pero mudarse les importa poco. Se trasladan como los pueblos dramáticos, con los hombres comandando y las mujeres encintas. De esta forma se aseguran la continuidad de la especie. Incluso los hay que se van antes de vaciar al árbol atraídos por los reclamos de la casa de enfrente.

Su capacidad de vuelo es reducida. Los expertos más atrevidos hablan de un máximo de cinco kilómetros. Suficiente para alcanzar nuevas copas. Tanto que se lo toman con chulería. La mayoría de las veces se desplazan a patita. Siempre a la luz solar, sin tomarse la molestia de cubrirse y salir a horas indecentes. Pero matarlos no resulta sencillo. Los que crean que basta con aguardar su salida con una pantufla en la mano pueden quedarse así toda la vida. Su presencia es difícil de detectar.

Desde que llegan hasta que son descubiertos transcurren casi nueve meses. Y casi nunca son desenmascarados por la acción detectivesca. Más bien todo lo contrario. Si sabemos de ellos es porque no se molestan en esconder a sus víctimas. Las hojas amarillentas, los perdigones cerca de las nervaduras, es lo que permite rastrearlos. Pero se saben ganadores. Anabel Cuttelod, experta en especies invasoras de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) dicen que son capaces de contagiar todas las hojas en unas semanas. En esto también ganan la partida. Los estragos quieren decir maduración y generaciones y eso es sinónimo de que ya han tomado todos los árboles que tienen a la vista.

Pero, ¿qué es lo que hacen tanto tiempo en las palmeras? ¿Por qué no se aburren y las dejan tranquilas? La respuesta es cosa de toda una vida. Este tipo de especies son su casa y su nevera. Se aprovechan de la serenidad de la vegetación. En un periodo de su gestación, se construyen la envoltura con material del propio árbol. Se hacen un abrigo a medida pero se muestran poco agradecidos.

El picudo rojo es de buen llantar y tiene mejores dientes. Se alimenta del tejido vegetal interno de las palmeras y muerde hasta hacer galerías de casi un metro de profundidad. Los más violentos, como casi en todas las familias, son los adolescentes, concretamente las larvas, que no dudan en masacrar la zona del crecimiento del tronco. Es como el ratón y el elefante, degradante y mortífero. Las dentadas del bicho no se quedan en el corteza. Sus perforaciones son como los senderos borgianos que se bifurcan y ramifican. Si llegan a la yema, la palmera está perdida. Y no es cuestión probabilística. Pocos son los que han podido salvar un solo ejemplar de una muerte segura.

La comunidad está dividida. No existe prevalencia de ningún método de exterminio. Salvo si se le pregunta a los ecologistas. Cuttelod ahí no tiene dudas: la clave está en la prevención. Especialmente, cuando se importan plantas del extranjero. "Los controles sanitarios deben ser más escrupulosos para evitar problemas", señala. No le falta razón, pero el picudo ya está entre nosotros, el ingrato, el pérfido y maldito.

Burlón y capaz de resistir las trampas

El picudo rojo es pequeño y nauseabundo, pero muy difícil de matar. Desde que llegó al país, hace más de una década, los expertos han discutido sobre la mejor manera de erradicarlo. A pesar de los avances, aún no existe consenso y la mayoría de las autoridades optan por sacrificar al árbol que resulta contaminado. Pero la tala no es el único remedio. Al menos, sobre el mantel hipotético de la teoría. Los especialistas hablan de la eficacia relativa de las trampas, que, además de neutralizar a numerosos ejemplares, permiten realizar un seguimiento más exhaustivo del despiadado insecto. Sin embargo, no basta. Especialmente, si no se ejecuta con precisión.

Atrapar al picudo es algo más complicado que colocar un trozo de queso sobre una superficie de madera astillada. En primer lugar, deben contar con un embudo y estar enterradas. El trampeo, si sigue a rajatabla las indicaciones de los especialistas, puede llegar a exterminar a poblaciones masivas de adultos, pero no logra solventar el problema.

Quizá el método que cuente con mayor número de adeptos sea el control biológico. Éste, basado en a la acción de nemátodos o parásitos, ha mostrado su eficacia en numerosos experimentos. En uno de los últimos, logró acabar con el noventa por ciento de los insectos y larvas que anidaban en las palmeras. Además, su uso tiene propiedades curativas. Los parásitos son capaces de perseguir a las larvas por las galerías. En este sentido, la comunidad científica coincide en destacar las virtudes del método: eliminación del bicho y sin riesgos para la salud pública. Falta que se extienda y confirme su poder.

Este texto es obra de Lucas Martín, al cual le agradecemos su aportación y ha sido extraído del periódico La Opinión (Málaga).

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